E. O´Gorman y David Hume
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EDMUNDO O’GORMAN Y DAVID HUME David BRADING University of Cambridge
FUE EN EL VERANO DE 1961, EN UNA VISITA a México en calidad de estudiante turista, cuando conocí a don Edmundo O’Gorman. Dado que durante ese viaje decidí emprender el estudio de la historia de México, es justo reconocer que gracias a dicho encuentro hice mi elección. La ocasión fue un almuerzo entre O’Gorman y el director del Consejo Británico en México, y mi papel era escuchar a mis mayores; en todo caso por aquel entonces yo sabía muy poco sobre México y su historia. Sólo una observación se alojó en mi mente: O’Gorman nos informó que había traducido una obra de David Hume, el filósofo escocés del siglo XVIII, a quien yo había leído asiduamente en Cambridge. En 1994, invitado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México a participar en un homenaje a don Edmundo, aproveché este recuerdo y presenté a David Hume como una influencia principal en la filosofía de la historia de O’Gorman. En esta ocasión también reconocí mi deuda intelectual a sus ensayos e interpretaciones y sobre todo a las magistrales ediciones de tantos de los cronistas que yo había utilizado en mi propia obra. Lo que sigue es una versión corregida y aumentada de aquel breve homenaje. En Fantasmas en la narrativa historiográfica (1991), alocución que presentó al ser nombrado doctor honoris causa de la Universidad Iberoamericana, Edmundo O’Gorman ataHMex, XLVI: 4, 1996
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có vigorosamente las doctrinas y legado del alemán Leopoldo van Ranke, sosteniendo que su celebrada definición de la historia como el descubrimiento de “lo que realmente pasó” es una negación del inevitable “relativismo subjetivo” del conocimiento histórico, negación que “se cifraba en la utopía de una aséptica imparcialidad y exhaustiva información testimonial”. Además, esta ilusoria búsqueda de la certeza objetiva estaba perseguida por tres fantasmas cuya influencia maligna había destruido muchas vocaciones históricas prometedoras. En primer lugar, estaba el espectro del “esencialismo”, es decir, la suposición de que “los entes históricos” poseen una esencia inmutable que perdura a lo largo de los siglos sin importar las vicisitudes de su existencia. Escribir un libro titulado México a través de los siglos equivalía a asegurar que existía un ente cuya identidad esencial, “encerrada en su fortaleza entitativa”, sobrevivía los cambios producidos por el tiempo. En segundo lugar, O’Gorman desafió la aplicación del principio de causalidad a la historia, aquella suposición de que “un fenómeno cause como efecto necesario el fenómeno subsiguiente […] sólo por su antelación”. Esta suposición es la que había permitido que el descubrimiento casual de Cristóbal Colón de una isla caribeña se interpretara como la causa del “encuentro del Antiguo y el Nuevo mundo”. El tercer fantasma que amenazaba a los jóvenes historiadores era la insistencia rankeana en la investigación exhaustiva y su obsesión por los “materiales históricos” y el “aparato técnico”. Ante la actual inundación de “ponencias en congresos, coloquios, mesas redondas, encuentros et hoc genus omne”, O’Gorman apeló a una renovación en el modo de concebir y escribir la historia, como para abrir paso a “una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria”, en la cual la “experiencia vital del historiador […] su cultura, sus preferencias, sus filias y sus fobias” generarían una especie de revelación causada por el encuentro personal del historiador con el pasado.1 1
O’GORMAN, 1992, passim.
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A primera vista uno podría interpretar este elocuente discurso como una protesta romántica contra la actual profesionalización de la historia en México, una protesta lanzada por un anciano sobreviviente de la belle époque de la historia literaria. Pero una interpretación así no haría justicia al fundamento filosófico del ataque de O’Gorman a la “historia científica” e ignoraría los firmes argumentos que han caracterizado sus principales obras. Para comprender el origen de su ataque, presentado de manera resumida en 1991, es preciso volver a su libro Crisis y porvenir de la ciencia histórica, publicado en 1947 y dedicado a “José Gaos, maestro de siempre y siempre amigo”, donde exponía en toda su extensión sus objeciones a la historia naturalista de Ranke. Sostenía que desde el renacimiento hasta mediados del siglo XIX había sido posible que los historiadores enmarcaran sus narraciones como antologías de ejemplos morales, presentando a los grandes hombres y los grandes hechos del pasado como modelos para el presente. Desde esta perspectiva se había escrito la mayor parte de la historia patria. Pero con la aparición de Ranke y sus discípulos, el historiador se volvió una guía imparcial y desapegada, sumergida en documentos oficiales y archivos para descubrir “lo que verdaderamente ocurrió”. El principio que animaba esta empresa quedó expresado por Ranke cuando escribió: “Descubrí que la verdad era más interesante y hermosa que la ficción. Me desvié de ésta y decidí evitar toda invención e imaginación en mis trabajos y ‘sujetarme a los hechos’”. Declaró además que “el pasado humano no tiene ni puede tener influencia sobre la vida”. Con su inmenso cuerpo de escritos y su seminario, el estudioso alemán fomentó el tipo de sistemática investigación de archivos que de acuerdo con O’Gorman “pervive embotellando en conserva su acumulado saber en bibliografías, ficheros e índices de índices…”. El descendiente directo de Ranke es el académico moderno que corre de un lado a otro siempre ocupado buscando nuevos documentos, siempre listo con algún nuevo artículo sobre algún tema insignificante, aunque nunca capaz de comprender las realidades del pasado y de hecho comprometido con una
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“ocultación de la posibilidad de llegar a conocer especulativamente a la historia”.2 ¿Fue una paradoja o una reacción natural que cuando O’Gorman desarrolló su sátira de la historia científica y de sus practicantes contemporáneos estuviera empleado por el Archivo General de la Nación y ocupado en la edición de su boletín? La crítica a la pedantería académica es un expediente tradicional de los historiadores románticos. Fue Thomas Carlyle quien en Cromwell (1845) caracterizó con sorna al estudioso contemporáneo como un pazguato que aseguraba que no se podía comprender la guerra civil inglesa sin leer los cincuenta mil panfletos escritos al respecto. Para Carlyle la tarea del verdadero historiador era mandar a volar las heces y escoria del pasado y emplear su visión poética para resucitar sólo aquello que merece recordarse, con vistas a escribir “una Iliada moderna como monumento del pasado”. En otra obra sugirió que la historia nacional debería concebirse como una especie de biblia secular.3 Tanto prevaleció en Ranke la idealización de la nación y de su historia que incluso expuso un pasado europeo dominado por el surgimiento de los estados dirigentes, cada uno con una individualidad propia basada en principios averiguables de prácticas política y social.4 Aquí estaba, por supuesto, otra razón para que O’Gorman rechazara la escuela rankeana, pues en ningún momento de su carrera se vio tentado a narrar cómo se formó la nación mexicana. Aunque elocuente en su denuncia de la investigación naturalista, O’Gorman fue menos capaz de definir el tipo de historia que prefería. Como veremos, invocó la filosofía de Martín Heidegger para salvarse de las intolerables demandas de los rankeanos. Pero el historicismo existencial también le permitió exorcizar el escepticismo provocado por el relativismo histórico. Para cuando escribió Crisis y porvenir… ya había traducido el Diálogo sobre la reli2
O’GORMAN, 1945, pp. 91-101, 148-149, 191 y 140-143. CARLYLE, 1988, vols. X-XII, introducción. 4 Sobre Ranke véanse WHITE, 1973, pp. 161-190 y GOECH, 1953, pp. 72-97. 3
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gión natural de Hume y estaba evidentemente familiarizado con la filosofía de la ilustración escocesa.5 Sin duda se debió a Hume su ataque a que los historiadores invocaran “entes imaginarios” como las naciones, gobiernos, épocas, ideas, estilos, América y el Renacimiento, personificaciones todas que malversaban metáforas biológicas y a las que caracterizó como “entes imaginarios de quienes, para confusión irremediable, se dice y piensa que nacen, se desarrollan y mueren, y aun llega a decirse que gozan y padecen, aman y odian”.6 Es evidente que estas metáforas orgánicas provenían de la equiparación de los seres humanos individuales con las instituciones sociales. En este contexto hay que recordar que Hume sostenía que […] aquello a lo que llamamos mente no es más que un amontonamiento o colección de distintas percepciones […] Esta tendencia a atribuir una identidad a nuestras percepciones semejantes produce la ficción de una existencia continua […] Si no tuviéramos memoria nunca tendríamos noción de la causalidad, y en consecuencia tampoco de aquella cadena de causas y efectos que constituyen nuestro ser o persona.7
Y si la identidad de los individuos mismos no tiene más fundamento que el efecto acumulativo de la memoria y el hábito, ¿qué realidad puede atribuirse a conceptos como nación, Estado o época histórica? En estas líneas de Hume encontramos el origen del escepticismo de O’Gorman en cuanto a los “entes históricos”, expresado por primera vez en Crisis y porvenir… y reiterado 40 años después en Fantasmas… Cualquier duda respecto a la influencia perdurable de Hume sobre O’Gorman se disipa con la referencia al filósofo escocés en Fantasmas… como su autoridad para el ataque al principio de causalidad. En un pasaje famoso Hume se había negado a aceptar necesariamente una conexión 5
Véase SABORIT, 1995, p. 148. O’GORMAN, 1945, pp. 266-268. 7 HUME, 1958, pp. 252-254 y 261-262. 6
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entre los fenómenos. La causalidad era simplemente una suposición humana basada en percepciones reiteradas de contigüidad, constantes coyunturas y prioridad. O’Gorman aplicó este argumento en su celebrada crítica a la idea tradicional de que Cristóbal Colón descubrió América en 1492. Pero en este contexto también hay que notar que al terminar su demolición de las doctrinas tradicionales, Hume confesó que sus reflexiones lo habían expuesto a “melancolía y delirio filosóficos”. Sólo entonces sugirió que se habría de permitir a la naturaleza curar las ansiedades provocadas por el exceso de pensamiento, y agregó: “Ceno, juego una partida de backgammon, converso y me divierto con mis amigos…” A modo de remedio intelectual, dedicó los últimos años de su vida a escribir una historia de Inglaterra interpretada a partir de Tory.8 De modo que el escepticismo no le impidió disfrutar de la compañía o de su actividad como autor. En Crisis y porvenir… queda claro que O’Gorman recurrió al historicismo existencial de Martin Heidegger y José Gaos para evitar el peligroso escepticismo de Hume. La premisa de su filosofía era que todo conocimiento está determinado por la realidad existencial del agente humano. Aplicado a la historia, de este principio se desprendía que el pasado siempre se conoce por medio de una “precomprensión predeterminante”. Mientras que la historia científica concebía el pasado como algo ajeno, separado del presente y así inanimado, el historicismo interpretaba el pasado como “depósito de experiencia”, que como tal permanecía incorporado al presente. En tono poético O’Gorman aseguraba que como el pasado ha creado el mundo en el cual nacemos, moldea nuestras vidas y pensamientos, permeando así nuestra realidad, y agregaba: Lo hallamos, sin reconocerlo como “historia”, en las conversaciones, en una leve huella, dentro de los armarios; anda por los caminos, surge de los sepulcros y habla en las canciones; y su grande y silenciosa voz tiene un claro acento, fácil de com8
O’GORMAN, 1992, p. 19 y HUME, 1958, pp. 155-176 y 169.
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prender en cuanto nos dice cosas de inmediata aplicación a nuestra vida.9
En efecto, para que la historia se recuperara como fuerza intelectual era necesario crear una relación vital entre la existencia del historiador y las experiencias decantadas del pasado. Para lograr esta relación, el “varón heroico” tenía que rechazar los dictados del simple sentido común y la nulificante mediocridad de la civilización moderna, y sobre todo buscar “expresar con autenticidad” su visión personal. Todo esto valía la pena decirlo y sin duda tuvo un efecto benéfico, aunque cuando O’Gorman trató de dar una definición teórica de estas ideas, rayó en lo metafísico: La historiografía es, desde el punto de lo verdadero, la elaboración de la inteligibilidad del ser que tiene la historia, para el modo de ser cotidiano de la existencia […] la verdadera ciencia histórica, la historiología, consiste en mostrar y explicitar la estructura del ser con que dotamos al pasado al descubrirlo como nuestro.10
En estas fórmulas sería difícil encontrar alguna sugerencia práctica sobre cómo ha de concebirse e iniciarse la escritura de la historia. Aquí no corresponde hacer un extenso examen del logro histórico de Edmundo O’Gorman. Es evidente que si no hubiera estudiado la filosofía de Heidegger no habría llegado a su celebrada tesis de que América fue inventada y no descubierta. Así, en esta aplicación de la teoría del conocimiento a la historia, anticipó muchas de las lucubraciones del posmodernismo, aunque a diferencia de los comentaristas posteriores, O’Gorman poseía un conocimiento amplio y crítico de los principales cronistas e historiadores del siglo XVI en América. Fue esta familiaridad la que luego le permitió promover las ediciones críticas de obras de Las Casas, Acosta, Alva Ixtlilxóchitl y Motolinía, 9
O’GORMAN, 1945, pp. 137-144, 181-182, 215, 277 y 302-304. O’GORMAN, 1945, pp. 257-269.
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producidas por su seminario en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. A primera vista podría parecer que con este trabajo O’Gorman había renunciado a su crítica de Ranke y se había incorporado a las filas de los historiadores científicos, pero hay que recordar que Ranke y sus seguidores eran investigadores de archivo que escribían principalmente, historia política basada en documentos oficiales. En cambio O’Gorman eligió confrontar a los cronistas más importantes de América, sometiendo sus textos a un análisis agudo, culto e ingenioso. Los suyos siempre fueron comentarios personales, generalmente, marcados por argumentos tenaces, pero en todo caso eruditos y perceptivos. Su modelo en este tipo de trabajo seguramente fue Marcelino Menéndez y Pelayo, a cuyo ensayo sobre historiografía colombina recurrió profusamente en La idea del descubrimiento de América (1951).11 De hecho, O’Gorman percibía que era en la gran sucesión de crónicas donde se podía hallar la tradición intelectual de Hispanoamérica. Fue en el prolongado interés de O’Gorman por fray Servando Teresa de Mier donde se hizo más evidente lo fértil de su concepción de la historia intelectual. Si bien las antologías del Pensamiento político de Mier, publicadas en 1945, demuestran el papel central del antiguo dominico en la justificación doctrinaria de la independencia, El heterodoxo guadalupano (1981) fue una contribución decisiva no sólo a la comprensión de Mier, sino al desarrollo del guadalupanismo en las vísperas de la insurgencia. Es lamentable que se haya suspendido la proyectada edición de las Obras completas de Mier. Por último, con Destierro de sombras (1986) O’Gorman se unió a la gran caravana de historiadores mexicanos que han buscado dilucidar la significación del culto a Nuestra Señora de Guadalupe. En su descripción de la controversia de los años cincuenta organizó con tacto incisivo los argumentos que inspiraron tanto la crítica como la defensa del emergente culto. Es sin duda en esta obra donde podemos observar la práctica tanto de su 11
O’GORMAN, 1976, pp. 308-328.
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escepticismo como de su historicismo heideggeriano. Al igual que Joaquín García Icazbalceta, adoptó una visión escéptica de la veracidad de la narrativa sobre apariciones, y sin embargo, el hecho de que haya elegido examinar los comienzos de un culto que ha legado tal “depósito de experiencia” al México actual demuestra sin duda, su principio de que el historiador debe trabajar desde el presente hacia el pasado y elegir temas donde su propia realidad existencial forme una relación viviente con el tema de su inquisición en el pasado. Desde este punto de vista, Destierro de sombras es quizás, de toda la gran producción escrita de Edmundo O’Gorman, el libro que de modo más completo expone su filosofía de la historia. Traducción de Lucrecia Orensanz
REFERENCIAS CARLYLE, Thomas 1988
“Oliver Cromwell’s Letters and Speeches”, en Obras completas. Londres, s.p.i., vols. X-XII, introducción.
FLORESCANO, Enrique y Ricardo PÉREZ MONTFORT (comps.) 1995 Historiadores de México del siglo XX. México: Fondo de Cultura Económica. GOECH, C.P. 1953 HUME, David 1958
History and Historians in the Nineteenth Century. Boston.
A Treatise of Human Nature. Oxford: Oxford University Press.
O’GORMAN, Edmundo 1945 Crisis y porvenir de la ciencia histórica. México: Imprenta Universitaria. 1976 La idea del descubrimiento de América. México: Universidad Nacional Autónoma de México. 1992 Fantasmas en la narrativa historiográfica. México: Centro de Estudios de México, Condumex.
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SABORIT, Antonio 1995 “El profesor O’Gorman y la metáfora del martillo”, en FLORESCANO y PÉREZ MONTFORT. WHITE, Hayden 1973
Metahistory. The Historical Imagination in Nineteenth-Century Europe. Baltimore.